7 de junio de 2017. Amanece en Madrid con un sol radiante. Una mujer, cansada tras una noche en vela, atraviesa Castellana para acudir, en las oficinas del banco que preside, a su propia rueda de prensa. Ana Patricia Botín no esconde su satisfacción. Acaba de devorar al Banco Popular. Su mejor jugada desde que lograse presidir Banco Santander.

La fortuna sonríe a los audaces. Y ella lo ha sido. La noche del 6 de junio ha sido, probablemente, una de las más importantes en la historia de la banca española. No es que Santander tuviera buena mano, es que tenía todas las cartas de la baraja. La Junta única de resolución, tras meses monitorizando Popular, y con un informe de Deloitte que asegura que la entidad no tiene liquidez, decidió intervenir la entidad. Santander se la queda. Pagará un euro. Callan las alarmas, aunque en la calle resuenan los ecos de miles de accionistas que acaban de perder todo su dinero.

Todo viene de atrás. La crisis de 2008 se ha cebado con el sector inmobiliario español, y Banco Popular es uno de los más afectados. Presidido y dirigido por Luis Valls Taberner hasta 2004, Banco Popular lo hereda el aplicado Ángel Ron. Un tipo de familia, cercano al Opus Dei, conectado con la Sindicatura de Accionistas. Todo quedaba en casa, incluida la soberbia. Ese fatal pecado que fue lastrando la gestión de Ron año tras año. Banco Popular, considerado el banco más rentable del mundo, premiado hasta entonces por su gestión, sufre dos decisiones de Ángel Ron que serán fatales para su viabilidad; la compra de Banco Pastor y la negativa a participar en la creación de la Sareb, el banco malo.